
A Mary, mi querida esposa
de la que me enamoro… ¡en cada instante!
El manto de armiño
cubre de majestad, tu hermosura;
Desde el valle, diviso, en tu alcor,
cómo la brisa suelta con garbo,
tu peinado de orfebre;
el cabello,
engastado en plata y oro,
exhibe bandera y blasón
y proclama tu linaje.
Más que nunca, me he plegado
a tu realeza
y persevera
mi obsesión, por aclamarte.
De mi alma,
fluye la ofrenda de pleitesía
que, envuelta
en la seda de los versos,
te envía mi corazón.
Para ti:
la ternura de un beso sutil,
a esta rosa que abre;
el frescor,
que, atempera la sed
del amor, que renace
y las rimas
que rebosan pasión
y lirismo incesante.
Vasallo de tu beldad,
me apresto, servil,
a rendirte tributo:
Se postra mi quietud
cuando fijo, en ti, mis ojos.
Te miro; me miras…
y al confluir los sentidos,
me siento inmóvil;
inmóvil
y en el tiempo, ausente.
Se dispersa
mi mirada en la tuya
y tu imagen,
desvanece, en mi mente;
se rehace la esperanza,
tras el trance,
se acicala, el silencio,
a mi deleite
y me miras; yo, te miro…
y al cruzarse el sentimiento,
mi mirada,
al fin, trasciende.
Un adagio,
en armonía con tu suspiro,
acaricia el umbral
de mis oídos;
y una escala,
con su hálito, me incita
a ascender, impasible,
a tu destino ;
y sumido
en la cadencia de las notas,
se incorpora mi latido,
al arpegio y su prestancia;
embriagado,
clamará mi deseo,
en el umbral de tu morada;
y de nuevo,
con acordes, recibido,
cantaré la trova de la dicha:
el refrendo a dos miradas,
que traspasan cuando cruzan;
el jadeo, entrecortado,
de dos vidas
que se abrazan;
la tersura de tu piel,
en mis caricias
y el sabor, a fuego y miel,
que ya degusto,
en tus labios, encendidos,
por mi llama.
doctorpoeta
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