Nunca arrancará el tiempo
impertinente,
la hoja pajiza y reseca
asida al peciolo, que se arruga.
Aquel verdor de lindos ojos,
que, en fiel mirada,
a mi pasión, que fue tan verde,
encandilaba;
ahora, sin llanto, resecos, lloran
como rija de legañas pegadas,
como años compilados, en tu encanto.
Si una lágrima se escapa,
algo se aclara,
mas no la dicha que fue,
que ahora repara,
en tu cara, en tu porte,
en tu presencia,
en tu forma de amar,
a todos, clara…
¡Férreo peciolo… cómo se agarra!
Antonio C. Rodríguez Armenteros

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