
MERODEAS
No es de lograr lo que eres
cuando no pretendes ser,
porque llega y no lo esperas
o se aleja, aunque lo anheles.
No te valen, sin cristal,
las pupilas que no abren:
miras, con aflicción,
la flor que marchita tarde
y de tu llanto, al mirar
te consuela comparar,
tu “pintada” lozanía,
con su muerte natural.
Merodeas
por la fuente de la inquina,
a riesgo de salpicarte;
aunque saltes,
lo haces tarde
y el tropiezo, que es probable,
desaloja tu fragancia,
en un instante,
del talante afectivo y abordable.
Merodeas por la fuente del pesar
y te ha salpicado de pena;
aunque saltes, lo haces tarde
y el tropiezo, que es probable,
desaloja la sonrisa, en un instante.
Merodeas por la fuente del delirio,
y te ha salpicado su ensalmo;
aunque saltes, lo haces tarde
y el tropiezo, que es seguro,
desaloja tu cordura, en un instante.
¡Merodea por mi fuente;
te han de salpicar sus caños
que manan eternamente!
y, mi vida, ¡nunca saltes!…
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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