LA SEMÁNTICA DESCRIPTIVA

Tal vez no me baje
la tensión y el sobrepeso,
con el ineludible paseo matinal
en el que, la buena disposición
de mis piernas, me lleva a levitar
por el más puro optimismo.

Pros y contras:

La llovizna
(a repartir entre quien suscribe,
el tupido follaje del soto
y el vulnerable equilibrio ecológico),
pone fresco
y un punto de humedad
en mi semblante, en la arboleda
y en la caricias racheadas
del suave viento.

La alerta se activa

con un trueno y la amenaza
de un temible chaparrón.

Me empuja la prudencia,
que me deporta del afable paisaje,
e intenta asilarme
en la garita cubierta del yermo.

En plena retirada,
se frena el apremio
cuando repara mi atención
en el chapoteo de cada gota
y sus ondas respectivas

que se expanden
y juguetean con el reflejo
fluctuante, como un flan,
sobre el cristal del ruidoso riachuelo.

Se distinguen enarbolados,
como banderas al viento:
mi rostro y su imagen iconoclasta,
la arboleda de copas rizadas,
y el nido de cigüeña, vivaz,
donde picos y zancas tronchados,
picotean y pisotean el hogar
de trabado ramaje seco,
que corona la espadaña.

Surge un pez que se aturde
en cada onda.
Se conmueve mi interés
con en el cambio súbito,
estereotipado, de su rumbo;

asustado, enloquece su aleteo
y el pavor infundado,
o más bien exagerado,
hacia el salto de agua lo lleva,
desde el remanso sereno,
mientras yo me estoy calando…

Tan absorto, ni me entero
y, casi a punto de escampar,
cuando quise acelerar,
un maldito resbalón,
con saña, me dislocó
la mortaja del tobillo…

¡Y el móvil, se me olvidó!

Antonio C. Rodríguez Armenteros