El hombre, por marca genética, es supremacista:  aspira al ideal absoluto en su cometido existencial; se identifica con la OBSTINACIÓN, con sus ventajas e inconvenientes

En la mujer, genéticamente, prevalece el poder de la discriminación: elige su ideal, en orden a su preferencia, por ejercicio de DELIBERACIÓN (digamos que de esta tendencia natural, más identificable en el sexo femenino, se estableció la BASE DE LA DEMOCRACIA).
Del engranaje, y no de la confrontación, entre ambas peculiaridades, creo que podría  encontrarse la solución y el equilibrio de la coexistencia, en el marco ineludible de la dignidad

Antonio C. Rodríguez Armenteros