Amanece y la aurora
no se estanca en su presente,
y baila al son de trinos,
celebrando su victoria:
cae la noche, derrotada,
y yace inerte.
Cuando, el sol,
desterrando con su fuerza
a su luna confinada,
avisa por la rendija,
que su clamor, tiene prisa.
Es el ritmo circadiano,
de la sombra y de la dicha
que nos mueve a los paganos
a su antojo
desde el punto de partida,
hasta el cofre de ceniza.
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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