Alcé los ojos: tu mirada, entonces,
brilló intensa en mi mejilla,
como un rayo de sol que ardiente cae
sobre el trémulo llanto.
Te dejé de mirar; me pareció causarte
pena,
aunque yo, al verte gimotear,
sentí sensación de albricias.
Volví a mirarte cuando ya, en mis labios,
se esbozaba una sonrisa, y llorando
estabas tú;
pero tus lágrimas recebaron las mías.
Tu corazón se batía para consolar
mi pena;
y, sabio, fue porque rompió a llorar por el mal
de mis ojeras.
¡Y de nuevo, mi risa!
doctorpoeta
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