¿Quién sembró en el parterre,
la alameda del alma,
cuya esencia, reclama,
el mismísimo cielo?

¿Fue por tierra, por aire,
o por la trama de un sueño?
Y fundido, en la luz de los campos
hizo etapa, en las piedras inertes,
al frescor del arroyo sereno.

¿Por qué mar increíble, navega,
entre nubes y tilos,
por las siembras, de Luna y estrellas,
cuando, un aura, de anhelo, le llega,
venteando las velas de seda.

Antonio C. Rodríguez Armenteros

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