HILARIDAD

No me encuentro cómodo en la hilaridad cuando no la induzco yo; aunque lógico, los demás, cuando de mí parte, no me extraña que tampoco les haga mucha gracia. No soy “la alegría dela huerta” pero para sí, querrían mi sentido de humor, las caras de Bélmez, el fantasma de la ópera y yo mismo, en mi niñez, cuando me decían que empezaba a tener lo que se llamaba “uso de razón”. Todas las noches rezaba el Jesusito de mi vida, y me fuí percatando, de que, ni por asomo, era” niño como yó”. Me sorprendía que nunca me llamara para jugar, y acabó por hacerse crónico, mi mosqueo cuando el vello, comenzaba a negrear por mis tegumentos; claro que mi madre, insistía en la dulce compañía de mi Angel custodio que con su sonrisa, tan abierta como las alas, me alejaría del peligro y sublimaría mi antipatía.
Y ¡ni por esas! Sonámbulo, en un episodio de terror nocturno que con frecuencia padecía, al intentar auparme hasta las alas, tropecé allende las cuatro esquinitas, ajeno a la huelga de controladores y el resultado: un esguince en las cervicales, un chichón rojo y fornido, unas sábanas caladas y las plumas de las alas, esturreadas bajo la cama.

Antonio C. Rodríguez Armenteros

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