Aun sigo tus pasos; te llamo.
De entre la larga andadura,
no descubro la tersura de tu cara,
o tus pies, que, aunque con barro,
sin duda, yo, te besara.
Enormemente abiertos,
de maravilla y de llanto,
tus ojos, con los míos,
sembrando, se miraron.
Fue presto,
en que la simiente agarra,
trigales, sueños, hijo,
sublime aquel recuerdo;
porque, en la tasca, brindaba
y el pecho, tú, le dabas.
Recuerdo aquella cara,
que, de mi hombría, se fiaba,
Mujer de entraña dura
y frente castigada
de sol, impenitente,
aunque, de néctar, untada
¡Frunciendo las arcadas,
acéptame en tus sueños,
que sé que es cosa rara!
doctorpoeta
Comentarios recientes