
DESDE LA DESOLACIÓN
En la historia de niños y jóvenes que fallecen por suicidio, casi siempre se descubren datos clínicos, por consultas previas relacionadas con desequilibrios emocionales en grado, trascendencia y circunstancias variables; disponer de una base de datos protocolizada de los factores de riesgo, podría ser muy útil para disponer de una estrategia de prevención, lo más eficiente posible. Cierto es que existen casos, llamados inexplicables, sin patología previa contrastada que, sin embargo, requerirían de un exhaustivo rastreo retrospectivo, por el ámbito existencial del fallecido, para colaborar en las actuaciones.
Hasta el momento podrían establecerse como factores predisponentes de la idea o voluntad de suicidio:
Enfermedades psiquiátricas de alto riesgo, como la depresión mayor, la más frecuente junto a la patología derivada del trastorno bipolar; el abuso de alcohol y estupefacientes, el comportamiento aberrante, la esquizofrenia y ciertos trastornos de la personalidad.
Factores de estrés ambiental, en el contexto de familia tóxica, como altercados recientes, muerte de algún allegado, sobre todo por suicidio, abusos sexual o físico.
Factores tóxicos de relación, como estrés de grupo, detectado en casos de fracaso amoroso, despecho, aislamiento, humillación, mobbing, agresiones físicas.
La dificultad de aprendizaje y el fracaso escolar o académico, los problemas legales y disciplinarios y la vida caótica también se han registrado como factores causales con el denominador común del bloqueo de la capacidad de comunicación y de superación de problemas.
La decisión de suicidio se acompaña de un ritual, muy presente en los estados de psicosis y drogadicción, para elegir meticulosamente una “modalidad” que impida “ser salvado”, así como un “sistema que sea infalible”. Llama la atención que la decisión, precedida por un estado de gran agresividad y desesperación, se toma por una motivación altruista ( “muerto el perro, se acabó la rabia”) .
La percepción clínica de riesgo, aunque relativa, debe ser motivo de ingreso en la Unidad Especializada de Salud Mental Infantil. El seguimiento ambulatorio debe llevarse a cabo desde la cercanía localizada con inmediato acuse de recibo de algún cambio aparecido; las citas de evaluación presencial deben programarse a criterios del facultativo: la falta de asistencia a alguna de ellas, implica alto riesgo que exige la inmediata localización. El apoyo social, legal y, en su caso, familiar, son indispensables para cada actuación individualizada. Los fármacos antidepresivos demuestran eficacia en muchos casos, aunque las dosis deben ofrecerse exactas para cada momento y así eludir la oportunidad de una ingesta masiva. En casa deben desaparecer aquellos objetos o artilugios que podrían utilizarse en la consumación de estos desenlaces.
La divulgación formativa del presente artículo pretende concienciar sobre esta perniciosa realidad, en un intento de inmunizar a un tremendo 70 % de la población, pediátrica o no, mundial, seriamente expuesta a esta otra miserable “pandemia”.
Si por intuición, u otro tipo de actuación, consiguiera UNA SÓLA SALVACIÓN, bastaría para sentirme el médico más realizado del orbe; lo juro.
Teléfono de ayuda: 024
Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros.
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