Aprecio con curioso interés que el manejo literario de la modernidad, se va impregnando, por lo general, de un matiz hierático-extravagante especialmente apreciado en los intercambios retóricos. La construcción gramatical, la ortodoxia semántica, el sentido figurado y la hilaridad son recursos que, desde mi óptica, se emplean para transmitir suspicacia, competitividad, supremacía y, no pocas veces, cinismo. Afloran reacciones que, con la intención de ser exclusivistas, en realidad acaban siendo transmisoras de petulancia e inquina afectiva y, sin embargo, inocuas no sólo para quien las recibe, sino también para el observador pasivo que, como yo, «pasa por allí». Es el reflejo en la comunicación de aquellos complejos, clásicos aunque hoy a la orden del día, que tratan de vencerse con el alarde fraudulento de estar sobrado de aquello de lo que, en realidad, se carece.

Concluyo con mi opinión de que, en estos tiempos, “mola” que, el excelente potencial literario, tienda a plegarse a la provisionalidad, desmarcándose de la transcendencia.

Antonio C. Rodríguez Armenteros