
Pensé en mi libertad; pero, a mi deseo, se negaba un garlito que acechaba. Astuta trampa asesina que, la vida, me tendía. Cuando el muro hube salvado, gritando “¡tierra a la vista!”, no vi esa fosa maldita ni quien lastró mi velero. ¿Seré esclavo en tierra nueva, si en la fosa no me quedo? ¿Llegaré a la costa a nado, en rotunda libertad? Descalzos, mis pies osados, por tierra firme avanzando, más de una traba salvaron por su prisa en proteger. Me sometí a la trinchera, salvaguarda de mi honor; montada sin alegría, con ramas, piedras, dolor y cautivo de tu ausencia; en el ambiente: ¿es un réquiem?, ciclón que cierra mis ojos, una nevada en el mar, sin bufanda, sin comer, sin alas para soñar. Lanzo un SOS: o, no hay nadie o, no me entiende, si es que me ha oído la gente. Del garlito me libré; ¿Libertad? ¡diciendo a la vida, adiós ! ¡La vida, aunque viva Dios, no es más que cautividad!
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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