La seguridad jurídica de un país está garantizada con la vigencia incólume de su Carta Magna hasta su reforma consensuada. Especular sobre la existencia de vericuetos, escudriñar hasta encontrarlos y lo que es peor, modificar el espíritu de las normas al arbitrio de maquinaciones “políticas”, es un grave insulto a quienes las redactaron, al rigor de la propia legislación y a la dignidad de un país. Es la manida fórmula del “todo vale”,  para contentar al bellaco con un suculento “arreglo”, a cuenta de contrapartidas. ¡Huy, qué mal suena! Y ¿oler?…

El sofisma doctrinal “el fin justifica los medios”, que creíamos ya enterrado con todos sus detritus, resulta que resucita  y campa “como Pedro por su casa”. ¡Jóder!

doctorpoeta

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