MORADORES DE LAS NUBES

Tranquilo,

recostado en mi nube,

eludo,

el hedor del mundo;

podría bajarme,

en un intento;

pero, tan cómodo y seguro,

 enguatado de algodón,

levitando sobre alarmas

y aversión,

sin dudarlo, yo desisto;

porfío  por la quimera

de fragancias y de sueños

y, me confino en el mito,

donde huele a redención.

Soy libre para decidir

mi retorno

a lo que fue mi edén,

movido por la añoranza,

pero, de soslayo, diviso,

el  zenit infectado de  ruído,

de trajín y de tristeza,

deslustrado,

por neblina irrespirable.

Decide mi alma,

ampararse  en suave éter

a resguardo de

lamentos y de  preces;

 y en mi nube,

hace  proclama irrevocable,

de su idilio

con la trama de mi fábula,

aunque, el curioseo,

no del todo, inevitable

le tiente a asomarse,

con prudencia y de reojo,

al éter de la contrariedad.

Antonio C. Rodríguez Armenteros