Florecen,

en mis sueños de otoño,

yemas y brotes de amor

que abren en calma, callados.

¡M acerco y huelo!

La esencia

surte mi alma de anhelos

y las hojas, que verdean,

la tiñen

de su tono esperanzado.

Hacia mi playa, yo bajo

vigoroso y perfumado.

Tu amor,

aún no lo hube palpado,

pero lo noto en mi cuerpo:

mi corazón atizado

y mis suspiros al viento,

por el mar, te están llamando.

Y tu voz de seda canta;

llega con la caracola

que, en bajamar, se acomoda

en un montoncito de arena;

rompen con fuerza las olas

y al refluir la resaca,

el vaivén que se genera,

en dueto con tu canto,

es acorde que  acompaña…

¡Canta, recita, baila!

Con estrofas y baladas,

se está enardeciendo el alma.

Tu mirar, aún no lo encuentro;

no está muy profunda el agua

y sí, muy alto el firmamento.

Sigo la estela del canto

y en la línea mar y cielo,

veo que me estás mirando

y oigo el clamor de mis versos.

¡Pido, con lujuria, un beso!

Y mi mejilla acaricia,

la brisa en su devaneo.

Con el sol, ya en el destierro,

no puedo encontrar tus labios…

¿Dónde están?,  ¿los llevas puestos?

¡Será que ya no los veo!

Antonio C. Rodríguez Armenteros