CON TODO RESPETO

Siempre que mi presidente hace una declaración, o toma una decisión, me veo obligado a resetear mi atónito intelecto, entre otros motivos por el que creo más lamentable: por mucha atención e interés que presto, siempre me quedo  en “la luna de Valencia” acerca de la causalidad-efectividad de lo que quiere decir, de lo que ha de proponer o de lo que va a hacer: para mí, al menos, no resuelve dudas, no sabe, no responde o tergiversa la respuesta en aquellas cuestiones que le incomodan y, por supuesto, no sabe, no quiere o no puede inocular, en el parafraseo para la galería, la dosis mínima eficaz con efecto sedativo, aunque es cierto que lo intenta. Su retórica, a mi entender, redundante y poco austera, se desliza por la rampa defensiva, aunque lo quiera disimular, apostado en las trincheras de los agravios comparativos, de los desmentidos y de los cambios de opinión. Cierto es que está embarcado en una complicadísima situación a cuyo esfuerzo por encauzarla hay que arrimar un plus de aliento y de lealtad por parte de todos, sin excepción. Desalojar, cuanto antes, de la existencia tanta opresión, angustia y sufrimiento, sería motivo de admiración y gratitud hacia quienes lo han de hacer posible.

Desde la particular opinión de este ciudadano de a pie (por cierto incluido, por más de un motivo, en la llamada “población de riesgo”), en base a su experiencia vital, considera crucial restituir en la acción reconstructiva  muchos de los valores olvidados o relegados y  desmontar de la “maquinaria” (prácticamente en el desguace) las piezas desdentadas de la improvisación, del antojo, de la fabulación, de la mentira, de la contradicción y de la argucia; la credibilidad y confianza son imprescindibles para dar y recibir, para creer y esperar y para, lo que es más acuciante, reparar.

Antonio C. Rodríguez Armenteros