Entre montes de pinares
y el infinito olivar,
posa La Manchuela bella;

amaga una nube fugaz,
los matices de gris se rebelan
y, hacia negra tormenta, se van.

Pero, el musgo de piedras mojadas
y el perfume de tierra calada,
recomponen mi vista y la escena.

Y el pincel, a resguardo
entre ramas,
plasma, suave, el silencio
que clama
cuando calla la tromba de agua;

reforzados los trazos en verde
al latir de la savia en las ramas
y una gama de lindos colores,
jubilosa, la vida proclama.

Llevo el cuadro colgado en mi alma
con la brisa y la lluvia que escampa.

El Aznaitin lo vigila
y hace guardia la Peña del Aguila;
pero al fin, va pasando la nube,
cuando el sol y arco iris la abran.

¡Nunca zarpa la linda Manchuela,
en sus mares de plata, atracada!

Desde la torre a las Pilas,
de jilgueros, van bandadas;
de las fábricas, sirenas;
de la misa, campanadas:
todos cantando a «capella»,
mil recuerdos y añoranza.

Antonio C Rodríguez Armenteros.