
Entre montes de pinares y el infinito olivar, posa
la bella Manchuela:
Amaga una nube fugaz y los tonos de gris, ya se quejan
del relámpago y trueno, que acechan, oscurecen la
proximidad y a un zorzal que, asustado, se aleja, planeando
por la inmensidad.
Pero el musgo de piedras mojadas y el perfume
de su petricor, recomponen olfato y escena;
el pincel, cobijado entre ramas, plasma en bolas,
el granizo a raudal, cuando el toque a sepelio se calla
y el color ya comienza a agarrar…
Ha escampado y mi lienzo, destapo
ora dando, con verde esperanza, ora trazo con blanco
ilusión:
una nube, en el raso, surgió y por fin llega sombra a mi espacio.
Que, el latir de la savia y los rayos de sol, la belleza proclaman,
desde el monte Aznaitín, que es audaz,
y también, desde el monte Collado, que atrevido se
cala,
y se anuncia borrasca, cuando el cielo se empaña
y si no, anticiclón.
Se hizo eterna la Mancha, que en su tiempo bregó
por los mares de olivos y en el Puerto, atracó,
al instante amarrada, en preciosa labor,
por el Águila ibera, que de su Peña, bajó
Desde la Torre a las Pilas, vuelan trinos y baladas;
de las fábricas, sirenas; para rezar, campanadas
y los ecos de un suspiro, que escapa de mi nostalgia.
¡Lindo cuadro que fascina por los salones del alma
y expondrá mi corazón, por donde quiera que vaya!
doctorpoeta
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