O EL CUENTO DE NUNCA ACABAR
Alcé los ojos: tu mirada, entonces, brilló intensa
en mi mejilla,
como un rayo de sol que ardiente cae sobre el
trémulo llorar.
¡Arco Iris, sacrosanto!
Fue dejarte de mirar, me pareció que llorabas
con un pesar muy sincero
y, al oír tu gimoteo, albricias sentí a la par.
Te volví a mirar, de nuevo; ya, mis labios,
sonreían y un gemido me venía,
porque tus lágrimas, frías, necesitaban las mías.
Tu corazón se batía para consolar mi pena;
y leal, se comportó, cuando alegre parecía; de nuevo
rompió a llorar, cuando me vió las ojeras…
doctorpoeta en la vida
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