Mi sonrisa, por tu lágrima, ahogada
y la batida de un poniente que hiere,
lastraron, de tierra, mis ojos;
en principio, los tuyos, lloraron
y después, con los míos, se ensañaron
en medroso alegato a un amor infrecuente.
¡Basta ya de un ardid coercitivo!
Y los cuerpos, de amparo, fundidos ,
ignorados de amores prohibidos,
con vehemencia febril, se apretaron
y en un beso, de paz, remontaron
a la nube de dulce infinito.
doctorpoeta

Comentarios recientes