
Cuando asisto a un niño enfermo, no sólo existe entre ambos un intercambio de mensajes por medio de la palabra o actitud que, en función de la edad, pudiera ser diálogo, o lenguaje corporal (el bebé ya reacciona y así se comunica) sino que también existe un intercambio afectivo. El niño, aunque de corta edad, percibe si durante el acto médico, esa persona en principio lejana que actúa con él, lo trata, o no, con halago.
Alguna vez he oído el comentario de reconocimiento a personas «que tienen una habilidad especial para tratar a los niños”; en mi opinión, ”habilidad” implica técnica, que también, pero lo que tiene que aportar el pediatra es alma de niño y sentirse como él.
Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros
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