En la discusión comunicativa no cabe ni el tono de debate, ni el talante de disputa. Primordiales son los argumentos razonados y la voluntad inquebrantable, de ambas partes, de saber escuchar. El escuchar, es transcendente en la opinión; mucho más que la propia observación.
En el debate y disputa, cada oponente, se esfuerza o se excita, en demoler los argumentos del contrario, ridiculizando sus conclusiones. Está ausente la razón y se montan estrategias de trilero, de vocero o de mentira. Falta comunicación.
En la discusión comunicativa, no se trata de justificar con patrañas una opción ni de aniquilar al interlocutor. Debe haber disposición a aceptar, cada uno, su propia responsabilidad y deseo de cambio de opinión, cuando se llegue a desenrollar el nudo del problema.
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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