
TENGO QUE IR AGARRADO
Por mí sólo no me valgo;
ni mucho menos, cojeo
ni del equilibrio sufro;
pero lo tengo muy claro:
para encarar el futuro,
¡tengo que ir agarrado!.
Tenaz, busco un asidero
pero, siéndote sincero,
sería salvación tu mano.
Correríamos por el mundo
en el invierno de cumbres
y valles de copos blancos;
en primavera de nidos
y sol de brocha suave
que pinta el verdor del prado
por los claros del follaje;
sería pasable el otoño,
junto a árboles pelados,
abrigándonos del viento
sin soltarnos de las manos.
El verano, muy afable,
refrescándose de besos,
almas, que en sus cueros, laten;
nenúfares que se abren;
cisnes que estiran el cuello
al reclamo de su celo…
¡y tanto amor, que flota y nace!
Reaccionarían nuestras manos
a tristezas o entusiasmo;
con caricias, si hay dulzura
y con gran fuerza de arraigo,
cuando las almas se arrugan al beber un trago amargo.
Una vez que la has asido,
¡nunca la sueltes, mujer!
No estoy cojo y tengo brío y aunque vayamos tirando,
necesito ser llevado.
¡Con tu mano, hasta el destino,
ve tirando de mi mano!…
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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