
Yo, ciudadela de mí mismo;
mi libertad amaga por los ojos de la almena
y los míos se oscurecen donde no pueden mirar:
es borrosa la mirada,
porque el puente levadizo no se baja;
por la ría flota sangre entre las algas
y la suciedad del agua:
casi nada, porque el charco no es espejo,
sí el reflejo de la muerte o el silencio que divaga…
No así el silbido del viento
que a los árboles y sueños, sin esmero solivianta,
racha a racha, por el paisaje de invierno
donde la nieve está lejos
y mi alma no resbala, ni mis pies, que pisan piedra;
mis manos tiemblan y tiemblan,
porque no encuentran la presa
ni la escala, ni asideros,
ni alguien que mi grito atienda.
doctorpoeta
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