EL GÉNERO EPISTOLAR
AMADA MÍA:
Pensé en mi libertad; pero el deseo se truncaba y una trampa se cernía: astuto ardid asesino que el destino me tendía. Pude huir, salvando el muro; embarqué sin rumbo fijo, al azar, y al tener ¡tierra a la vista! alguien frustró mi crucero y se hundió mi bergantina.
¿Seré esclavo en tierra nueva, si de la fosa marina, salí a nado y gané costa, en hazaña sin igual? Descalzos, mis pies mojados, por tierra firme avanzaron; más de una traba salvaron, por su afán de sortear. Y ya no pude aguantar: me pertreché en la trinchera, desconfiando en la espera, tramada con rabia y pena, con ramas, piedras, dolor y la ausencia de tu amor. El zarandeo de un ciclón dejó desnudo mi pecho, sin bufanda, sin comer, sin alas para volar. Sin máquina de afeitar, un rayo entornó mis ojos; con la barba, a la intemperie, mi garganta lanzó un SOS: no había nadie. ¿Oídos sordos?
En mi garlito quedé y en un remedio pensé: Como mi móvil se hundió, el mensaje en la botella, seguro te va a llegar (puede que por Navidad)…
Tony, tu Robinson-poeta. ¿Te basta con recordar?

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