Érase una vez un pueblito, entre olivares y jaras, en cuyo orfanato municipal se alojaba un niño que, a la postre, fue ideado como protagonista de mi relato. Ya, a su corta edad, la progresión lenta de sus percentiles, se utilizó para que fuera conocido, por todo el censo, con el apodo de “Pizquita”; además, por su carácter retraído, nunca tuvo amigos, excepto su entrañable compañero el ratón, al que puso de nombre, “Bigotes”.
Me cuenta que, hace poco tiempo llegó a su entorno una niña de su misma edad, que se llamaba Martita; jugaban, estudiaban, hacían travesuras y maduraban juntos y lo pasaban tan bien, que superaban con creces, sus carencias familiares. Martita le contaba las “cosas” de fuera, cuando sus padres vivían: El paseo por el soto servía para seguir mariposas, para musgos arrancar, que adornarían el belén, para entrenarse en bondad y en algunas cosas más y Martita le explicaba la ilusión de aquel hogar y los mimos que le daban. A lo que él murmuró: ¡Eso son paparruchadas! Para mí, nunca hubo algo, nada hay y seguro que no habrá; mis deudores no aparecen y lo puedo confirmar. ¿Hay derecho a mi aflicción? Y “Bigotes”, en el bolsillo, aguardaba meditando su reacción: ¡Sólo vivo para ti!, en alto le respondió.
El invierno ya llegó y por el campo nevado se colaron, ese día por la mañana, bastantes rayos de sol y los dos se adentraron por rincones separados, que les quedaban por ver. Empezaron a andar y una carrera iniciaron, por tan mala dirección, que Pizquita” se cayó y la cabeza se abrió con un golpe en un peñón; a eso, Martita gritó reclamando un pronto apoyo y un duende, detrás de un árbol, con contundencia le habló:
-Soy Nipop y ayudaros es mi intención. Ven pronto a mi afable gruta.
-Pero, mi amigo no puede.
-No te preocupes, lo entiendo, pero pondré solución.
Cuando Martita llegó, en la gruta penetraba; maravillosa piquera que la Providencia obró e incrustó de tal belleza que a la niña sorprendía. En su hombro, el “Bigotes” se montó, cuando Pizquita yacía y del bolsillo salió, cuando ella lo atendía. Una brillante luz, a Nipop iluminaba y le espetó: ¡Sígueme!
A otro recinto pasaron y tendido en una cama, encontró a su camarada; las lesiones de su frente, una hoja, las tapaba y un brebaje consumía. Lo miraba la muchacha y atónita se decía qué era lo que allí pasaba.
-Me conoces; soy Nipop, el guardián de la entrada. Una banda de conejos lo acercó hasta la estancia, recostándolo en la cama. Aquel espejo del fondo, el espejito Esmeralda, es la tapa de la puerta que, llega al fondo de la Tierra, por la escalera que baja. Allí esperan mis paisanos, “Duendes de la Navidad” se llaman, y fabrican los juguetes que papá Noel reclama, para repartir al mundo, desde que comience el alba; tu amiguito irá al viaje, por supuesto, fuerte y sano.
-¿Al viaje? Preguntó dubitativa
Al momento recordaba que, justamente, este relato se lo contaban sus padres…
-¿Qué tal sigues mi “Pizquita”
-Parece que ya, muy bien tras despertarme de un sueño: Duendes y Papá Noel, bregaban; mil juguetes y delicias, subían de la factoría y a mi lado, se apilaban
Se acercaba el buen Nipop, preguntando el chavalín: ¿Otro más? ¿Quién eres tú? Y pronto se presentó; pasada la credencial, el duende recomendó que un viaje iban a hacer y pronto tendrían que salir. para en Navidad volver.
-No crees en el Niño Dios y te vas a convencer. Con este salvoconducto el espejo va a ceder y puerta Esmeralda abrirá; empezad a descender y al Arco Ámbar, llegad. La bienvenida os dará y, hasta poderlo alcanzar, maravillosos lugares, escenarios de colores, de zafiros y rubíes; de diamantes y de flores y un prodigio de animales de genoma humanizado, a vuestro paso, reirán; la música celestial, por la senda, vais a oír.
Y, por fin se vio el fulgor del Arco que más brillaba; se miraban asombrados por la luz que desprendía, un antro espectacular y la gente que allí había: una plantilla de duendes que, afanados, cochecitos y muñecos, bicicletas, baterías y muchos juguetes más, con mucho saber, hacían. En el centro del cubil, de una piedra de colores, una rosa floreciendo, irradió cuatro colores, que hacia ellos emergían: cuatro hadas diminutas con alas de seda fina, relucientes como estrellas, ojos negros y todas rubias, en sus manos se posaron para explicar su aventura:
-¡Hola, queridos niños! Hadas de los Vientos, somos, muy conocidas, por cierto, porque seguimos los vientos, soplados por nuestra rosa y llevamos los regalos, por orden de nuestros jefes, para que niñas y niños que por el mundo respiran, aplicados y obedientes, disfruten con sus amigos y jueguen con sus parientes. Os damos la bienvenida y nos parece mentira que a “Pizquita”, un niño tan pequeñito, pero muy bueno y valiente, no tengamos de creyente
–Yo soy Boreal; me debo a Papá Noel y me impulsa el viento Norte.
-Me conocen como Sol; es mi jefe Baltasar y me mueve el viento Sur.
-Alba me podéis llamar; el Rey Melchor es mi jefe y me dispongo a volar con los alisios del Este.
-Porque Luna me pusieron, me contrató el Rey Gaspar y mi objetivo es llegar, con el viento de Poniente.
Os damos la bienvenida y nos parece mentira que a “Pizquita”, pedazo de niño, pizpireta y pequeñito, pero muy bueno y valiente, rehusé de ser creyente.
Y, Martita lo explicaba: -Como nunca ha recibido de vosotras un regalo, es por lo que discrepa de creer en vuestro cargo; de, Papá Noel, no entiende; tampoco de Reyes Magos y menos de Nochebuena y de Navidad, ni caso.
La Boreal, le contesta: -Eso no puede ser cierto; siempre subí al orfanato para dejarle regalos.
Y todos lo comprendieron: La señora directora no repartía los regalos, decidieron indagar y debían de darse prisa. Buscaron por todos lados y cuando pensaron dejarlo, Chispita vio una trampilla, en el suelo simulada; sacó fuerzas de flaqueza y decidió levantarla: Una sala iluminada, rebosante de juguetes, a sus ojos se mostraba y sin perder un segundo, solamente él cabía, con una cuerda bajaba, y a todos los niños llevaba los juguetes anhelados
La malvada directora, cuando vio lo sucedido, corrió hacia el escondrijo, donde esperaban las hadas que, con sus varas de magia, en duende la transformaron, para que, puesta la bata, mil juguetes fabricara y redimir su descaro.
Y así fue como Martita, Chispita y todos los niños del orfanato vivieron felices en aquel lindo pueblito.
Es, de sobra, conocido que, con frecuencia anua, las hadas ya lo visitan. Martita, Chispita, sus hijos y los hijos de sus hijos, las ayudan a su digno quehacer, para que todos los niños del mundo, sin excepción, tengan sus lindos juguetes en tiempo de Navidad.
Y colorín, colorado…
doctorpoeta
Epílogo; A mi querida familia, a mis nietos en especial y a quienes tienen la deferencia de leerme, haciéndoles constar mi opinión:
«Que el dinero corrompe y la fama, conturba» está más que demostrado, por lo que levantaré mi copa, también por la libertad de ricos y famosos; ¡pobre gente! En la trascendencia agazapada, aunque iluminada, pudiera estar la virtud; es decir, la felicidad.
Un beso, incluyendo a los políticos.
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