EJERCER

Miércoles, en aquel inicio de verano. Podría haber sido un día más, en la marcha irrefutable del tiempo, si una angustiosa confirmación diagnóstica, por otra parte, esperada, no hubiese conturbado mi equilibrio emocional.

Finaliza la, apasionante y agotadora jornada; los bucinadores de mi atónito rostro, bloqueados, eluden el habitual soplo de alivio y todo rictus de complacencia. No enjugo el sudor de la frente, ni cuelgo la bata en el perchero; me refugio en ella, porque un escalofrío se propaga por mi existencia, se me agarrotan los músculos y se enturbian mis reacciones.

Caigo desplomado en el sillón de mi despacho; un cortacircuíto neuronal, me aísla de la atención y me sumerge en la obsesión perseverante.

Mi hija, desconecta la música ambiental y el silencio, tras el bullicio de la sala de espera, es quebrado por su voz, alegre e indiferente: -Papá, ¿te vienes?. Mi seca negativa provoca su resignada despedida: -Quedaré con mi grupo para dar una vuelta; antes iré a casa para cambiarme. ¿Me das algún dinero? Ausente e inmerso en la maquinación, el automatismo de mis manos, la complace. Parpadeo dos veces, sacudo la cabeza y con esfuerzo, cogido con alfileres, vuelvo a mí mismo: -¡dile a mamá que regresaré a casa más tarde!

La puerta del consultorio se cierra y la bajada del ascensor, me anuncia que me he quedado sólo…

Ante mis ojos, una historia clínica. La lectura de la última serología, confirma mi terrible presunción diagnóstica: las fiebres sin remisión, de aquella linda criatura; sus vísceras hinchadas y el estupor en su semblante, me habían puesto en guardia, asumiendo, sin ninguna duda, lo tremendo de mi presagio: Infección por el virus de la inmunodeficiencia adquirida, en fase visceral generalizada.

El VIH, positivo en dos muestras diferentes, ha firmado la sentencia de aquello pequeña inocente de quince meses, cuyos hermosos y negros ojos, se entornaban por el edema de sus párpados; cuya sonrisa forzosa, en respuesta a mis halagos, rolaba a llanto endeble, a quejido insoportable.

Me pierdo entre páginas, entre tratado y tratado, buscando una salida: “Pautas, según estadío, seguimiento hospitalario con medicación sintomática y paliativa”… Criterios sin ordenar, circulan en mi pensamiento y no vislumbro ninguna opción; los poderes de la ciencia, tienen un límite y aquí se han agotado. Mi decisión cae por su propio peso, aunque sin librarme del remordimiento: Ordenaré estrategia paliativa y rezaré:

Rezaré porque su sufrimiento no rebase los límites delo soportable,

Rezaré por su progenitor, vector de la tragedia, movido por su sed salvaje de lujuria incontrolada.

Rezaré por su endeble madre y su pasivo azote, con los flagelos de la infamia y la ignorancia.

Rezaré por que el mundo, aprenda a mirar al débil con ojos de comprensión y acuda solícito a su desértica existencia.

Rezaré porque la Ciencia, ofrezca respuestas rápidas y eficaces a la desesperación.

Rezaré porque, al fin de del nuevo día, como siempre agotador, me quite la bata, seque mi sudor, con alivio, tome con mi hija el ascensor, me reúna con mi esposa, vayamos, con fruición, a degustar esa fresquita cerveza en la terraza del barrio donde nuestra charla informal y desenfadada, sea verdadera evasión de las cuestiones cotidianas y nunca quede bloqueada, por esa idea perseverante fabricada en la frustración.

Antonio C. Rodríguez Armenteros: “Aquel miércoles de verano”