CACHONDEO PSICOMOTRIZ

No me encuentro cómodo en la hilaridad cuando no la induzco yo, aunque es lógico pensar que tampoco a los demás, cuando es mía la iniciativa, les haga mucha gracia. No soy “la alegría de la huerta” pero para sí, querrían mi sentido de humor, las caras de Bélmez, el Fantasma de la Ópera y yo mismo, en mi niñez, cuando me decían que empezaba a tener lo que se llamaba “uso de razón”. Todas las noches rezaba el Jesusito de mi vida, y me fui percatando de que, ni por asomo, era un niño como yo: me sorprendía que nunca me llamara para jugar y mi mosqueo acabó por hacerse crónico cuando el vello comenzaba a negrear por mis tegumentos; claro que mi madre insistía en la dulce compañía de mi Ángel Custodio que con su sonrisa, tan abierta como las alas, me alejaría del peligro y me llevaría por el camino de la perfección.Y ¡ni por esas! Sonámbulo, en un episodio de terror nocturno que con frecuencia padecía, al intentar cobijarme bajo su amparo, tropecé en una de las cuatro esquinitas y de resultas: un esguince cervical, un chichón rojo y fornido, unas sábanas caladas y un pandemonio de plumas que bullía bajo la cama.

«Para que inicies el vuelo, tienes que soltar el lastre» 

doctorpoeta

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