
Tal vez, si tú lo quieres,
podría recitarte aquel poema,
compuesto al anochecer,
tras la brisa de la tarde,
cuando el sol, ocultando su rubor,
reclamaba la presencia de la luna.
El néctar de juventud,
destacaba de las sombras;
lo libamos, sin pudor
y se abrió tu corazón,
tal como abrí tus ropas.
Susurrando, te entoné
sin dejar volar al eco,
canciones de amor y versos:
al deambular por tus sueños,
a aquel día en que te amé,
a tus labios tan sedientos,
a tu boca, tan callada
que tanto, estaba diciendo…
Y terminó el recital;
a mi voz, calló tu beso,
convulsionaron los cuerpos
y el clímax, rompió el silencio…
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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