
UN CAPITALINO DE MI PUEBLO
¡Viejo amigo! Soy todo tuyo;
tras saludo de rigor
comienzas a disertar
con cordialidad fingida
y, bajo mis canas cansadas,
se empiezan a almacenar
la “letanía” de palabras
que viertes, en tu soflama .
Nuestra cita es “animada”:
para el ojo que nos ve
y el oído de quién pasa,
con la voz de tu memoria
que es, con mucho, grave y alta.
Reparo,
desoyendo tu oratoria,
en el sorbo lenitivo
de tu caña
y el humo del cigarrillo
que se me viene a la cara
entre chupada y chupada.
Y enardeciendo tu hazaña,
como adalid de batalla,
ridícula es mi existencia,
con la tuya, comparada.
Te contesto por hablar,
(sólo tú, tienes medallas)
mi garganta, traga y traga
bien el “humo” o la cerveza,
bien tu «pisto» o bien mi caña.
Campa mi oído a su avío
cuando, del dietario, sacas
la luz de tu cometido,
y mis sombras, restregadas:
varapalo a mi autoestima
que podría quedar jodida
aunque, sabes
y no nombras,
del prestigio de mi honra
y de tu fama desvalida.
Y a la hora de pagar
me sorprendió tu estampida,
con la excusa de orinar;
vino hacia mí el camarero,
y el montante me dejó
famélico el monedero
y la sien, para explotar.
Adiós, amigo…¡hasta luego!
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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