Miré, cuando mesabas tus cabellos,
que un banco, de espesa niebla, los
querría;
un punto, de retina, fui a poner al
centro de tus ojos, las pupilas,
creyendo, convencido, que eras mía.
Si paso por tu acera, en tu balcón,
miro con ansia a tu persona en tal
altura.
y, con cara de desprecio y altivez, subiste
tus sonrojos, de una vez
hasta la cara oculta de la luna.
Sentí vivir perdido ¿Huyó mi vida?
Paré de aquel ingrato rebuscar; aquel deseo
legal, interrumpido,
que quise realizarlo, sin la fe,
y ahora, sin embargo, la fe más arraigada
me ha venido.
¡De nuevo intentaré!
doctorpoeta