
Conserva, para siempre, tu matiz diferencial; no te falte el optimismo que supiste validar con tus innatos privilegios: curiosidad con la que aprender; asombro para discernir, ternura para seducir y la inocencia de creer que la guerra es un buen rato; también, el «talento» de encubrir, con el llanto y balbuceo, la retórica del mal.
No, nunca dejes de vivir como niño; sigue poniendo las piezas, que hay castillos por hacer, y ponerles la bandera.
Con «chuches» y «gusanitos», te puedes sobreponer al pesimismo, a la vileza y a la desolación, que, de eso, poco entiendes, aunque en la tele lo veas. Con farsas y quitamiedos, te quieren inocular una extraña condición, que también se antoja infame, pero goza tu intuición de saber darle la mano, en el cómo, cuándo y quién, al que del barro te saque.
¿Quieres dejarme jugar? Mi caballo es esa escoba: ¡ven a montarte detrás!
doctorpoeta
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