Para moderar mi estupefacción, sugiero dónde proceda, (quizás en la 1 de TVE) que me ilustren sobre la idoneidad y estética del grito, público y notorio, ¡follar, follar, follar!, tan airado como hipócrita, en el contexto de una eliminación concursal. También, si lo consideran paradigmático de la «maravilla» del progreso social y educacional y de la ortodoxia de la jerga que se ha inoculado.
El término follar, admitido por la RAE, no debió admitirse, con la vitola de agudeza, ocurrencia, gracia, chiste, idea, pronto, ingenio, porque, a todas luces, se debió a un, para mí, estúpido y chabacano,( en el diccionario, sin arte, grosera, de mal gusto) acto de despecho.
Además, reaccionar de esta forma, según mi humilde formación psiquiátrica, no dista mucho de ser un episodio de HISTERIA, que también la define el diccionario, como: “Estado de excitación nerviosa provocado por una circunstancia o situación anómala, en el que aparecen reacciones exageradas y que, la persona que lo padece, muestre su descarga afectiva llorando o gritando”.
Entre sus terapias, tuve ocasión de manejar, porque así me lo enseñaron, una infalible recomendación, hoy desterrada por el buenismo y, antes reconocida y hasta de obligada aplicación. Los ataques de histeria cedían, al instante y de manera milagrosa, tras la “inyección” totalmente ajustada a la praxis, de una “buena hostia”, que también define el diccionario como “golpe violento y fuerte” (la verdad que no había que darlo ni exageradamente violento ni exageradamente fuerte).
Viendo aquel desaguisado televisivo, por cierto, en compañía de mi querida familia y, justo, al lado de mi nieto Antonio de 7 años, sentí añoranza de aquel remedio, aunque. por no tener alcance, me quedé sólo con el sueño de haberlo aplicado.
doctorpoeta
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