La sexualidad de adolescencia y juventud, incluida la masturbación, es un valor infinitamente preciado y su disfrute debe ser selectivo, natural y filtrado de todo tipo de perversión; uno de los principales objetivos sería evitar, por todos los medios, el frecuente y pernicioso sentimiento de culpa («por si hacer eso no estuviera bien»). Debe presentarse, incluyendo su importante función reproductiva, como una oferta, biológica y antropológica, de deleite y para que la práctica sea tan complaciente como edificante, en su ejecución nunca se debería atravesar la línea roja del perjuicio, no sólo para los actores, sino también, el que indirectamente, pudiera generarse a terceras personas.

Es de miserables, convertirlo en un artículo de consumo y mucho más, adquirirlo a precio de saldo.

El antídoto contra la disfunción sexual es exclusivamente educacional, incluyendo sistemas de instrucción adecuados, orientación sobre riesgos y complicaciones de la perversa canalización del deseo, ventajas de la buena práctica, alternativas y lo que es muy importante, respirar una atmósfera de naturalidad en el tratamiento y conversaciones sobre estas cuestiones transcendentales; hay que eliminar atavismos, sectarismos, tabúes, silencios y oscurantismo tanto, a nivel familiar, como en todo el ámbito existencial.

El primer escalón hay que remontarlo en casa, con el objetivo de aleccionar sobre estas cuestiones, ANTES, de que se aprendan, distorsionadas, en la CALLE.

Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros, “molado” por la adolescencia

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