Brisilla de las marismas, tu que oreas las arenas;
tú que alisas las fatigas
y vas dejando mi alma desierta, salobre y seca:
¡Dile a tus vientos vecinos que no hay camino de vuelta!
Si la han visto, alguna vez,
a mi virgencita cerca
nadie querrá regresar, aunque los nietos lo quieran.
Te están cantando un poema, los juncos por las orillas,
para el tiempo detener y hacer grata mi visita.
Por la campiña, tan verde, en la espesura de pinos,
quiebran la calma los trinos.
Sin que se note frenar, los relojes se detienen,
porque la virgen lo quiere y Jesús va a validar.
El camino es conocido.
No tiene mar; tampoco se ven fronteras;
hay que caminar tranquilo; la jaca rechaza espuelas
y, aunque al puente de madera comprometa al personal, muy poco cruje al pasar…
¡Por necesidad vital, a la Aldea quiero llegar!
Estar con los peregrinos es reforzar la hermandad y no me querría privar de cantar y suspirar, con la salve rociera,
¡Nunca voy a renunciar!
doctorpoeta, ¡Bendita sea tu pureza!
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