EL «ROCÍO» Y LA OTRA ROMERÍA

La superficie del agua se rizaba con las ráfagas de viento. La geometría de los leves rizos variaba constantemente pues el viento se movía laberínticamente entre las rocas, alguna de las cuales lo cortaban con superficies tajantes mientras que otras lo respiraban con oquedades y curvas suaves…

Y esa suavidad se deslizaba hacia la opacidad blanca de tu espalda extendiéndose desde el borde de la sábana con una ondulación relajada de la piel a medida que respirabas con la cara apoyada sobre la almohada. Tu cara, de perfil sobre la funda de seda, mostraba la ternura del sueño. Con los ojos cerrados y las pestañas, finamente entrecruzadas, se nos negaba aquel atardecer sobre las olas espumantes, los navíos anclados en el puerto y las gaviotas descansando, en hilera sobre el muelle, a lo que mi imaginación se aferraba…

Cuando volvías a pisar sobre la alfombra descalza y caminabas hacia mí con el rostro, pronunciando lo indecible, notaba en tus cejas un arco leve que se elevaba en el aire con la paciencia y la soltura de una golondrina planeando por el cielo; envolví tus manos con las mías, sin saber cuál de los dos tenía los dedos más fríos y necesitados de calor; tampoco, de dónde procedía la templanza que, por momentos, se infiltraba…

Bajo lo ya vivido, al caer el rocío matutino, una telaraña de perfecta arquitectura dibujó con perlas brillantes, de agua retenida, una delicada joya vibrante. Luego volvió a salir el sol, trazando afilados rayos entre dos nubes cenicientas que por fin se apartaron para que me dieras un beso hecho de miel y de misterio. En ese beso nacieron otros besos que se fueron espiralizando hacia la noche, elevándose hacia el titilar de una estrella, de diez estrellas, de mil estrellas que, esparcidas por la bóveda del cielo nocturno, nos empujaron hacia el descanso veraniego, junto al vaivén plateado del mar. Te amé más clara, más tornasoladamente, y una fogata de crepitar delicado se encendió entre nuestras sensaciones, expuestas como flores recién brotadas…

Tocarse y no retraerse, sino exponerse, como el riachuelo se desliza junto al borde arenoso del barranco, con sus peces, ajenos, de aletas cimbreantes o como el vaso de cristal, perfectamente transparente, que va descendiendo su nivel con la sed de mi pasión, encendida entre trillones de células que esperan, con deseo unificado, tu abrazo desintegrador de las capas del tejido y transfigurar, su corporeidad finita, en una eternidad resplandeciente: la nitidez del amor.

Así fue y así lo cuenta,

doctorpoeta tras la salve rociera.

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