
Hoja seca,
que fue vida
y, en la tarde, se reseca;
¡párate, que nunca es tarde!,
porque cruel,
al oreo del agravio,
pierde el norte
y los sueños se resecan
cuando migras del levante;
mas…
fue mi tarde,
en brisa afable,
que copaba con tu tarde;
fue un suspiro,
pasajero en aura suave,
que, al tañido de campanas
y al cratorar de bandada,
remontaba la hoja fresca,
para acunar la nidada.
y…
marchita, en el retorno:
rota, pajiza e inerte,
¡pobre hoja!,
como veleta y plumón,
muerde el polvo, a la deriva,
al encuentro de la nada
y al crujir de la espadaña:
¡fuerte viento, mal agüero,
broza sucia con despojos;
grietas que blanden ruína,
chirridos y telarañas!
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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