TENGO QUE IRME AGARRANDO

Por mí sólo no me valgo:

ni mucho menos cojeo,

ni del equilibrio, sufro;

pero lo tengo muy claro:

Si quiero amable el futuro,

¡tengo que irme agarrando!

Tenaz, busco un asidero

pero, siéndote sincero,

el que prefiero es tu mano:

Correremos por el mundo,

por el invierno de cumbres

y valles de copos blancos.

Y también por primavera

al sol de brocha suave,

que pinta el verdor del prado

entre nidos, nubles blancas

y los claros del follaje.

Sería pasable el otoño,

entre árboles pelados,

abrigándonos del viento,

sin soltarnos de las manos

y avanzar con marcha estable.

Afable sería el verano,

refrescándose de anhelos,

las almas que al lago salen:

los nenúfares se abren

al cisne, de cuello esbelto,

que, al reclamo de su celo

pisando, de amor flotante,

a la hembra que ha llegado

y se para un breve instante.

Responderían nuestras manos

a tristezas o entusiasmo;

con caricias, si hay dulzura,

y, con gran fuerza de arraigo,

a cualquier  temperatura,

al beber un trago amargo.

Ahora que me has cogido,

¡nunca me sueltes, mujer!

que, aunque me sienta con  brío

necesito ser llevado,

y no es por ningún capricho.

¡No sueltes nunca  mi mano

y llévame por tu destino,

como si fuera tu hermano

que, hasta Dios,, queda camino!

doctorpoeta

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