Entre montes de pinares
y el infinito olivar,
posa La Manchuela bella.
Amaga una nube fugaz,
los matices de gris se rebelan
y, hacia negra tormenta, se van.
Pero, el musgo de piedras mojadas
y el aroma de su petricor,
recomponen mi vista y la escena.
Y el pincel, a resguardo
entre ramas,
plasma, suave, el silencio
que clama
cuando calla la tromba que cala
y se cuela algún rayo de sol.
Brinda, ahora, sus trazos de verde
al latir de la savia en las ramas
y una gama de lindo color,
jubilosa, la vida proclama.
Llevo el cuadro colgado en mi honor,
con la brisa y la lluvia que escampa.
El Aznaitin lo vigila
y hace guardia la Peña del Aguila;
pero al fin, va a borrarse la nube,
cuando sol y arco iris, la abran.
¡Nunca zarpa mi ufana Manchuela,
en sus mares de plata, atracada!
Desde la Torre a las Pilas,
de jilgueros, van bandadas;
de las fábricas, sirenas;
de la misa, campanadas:
todos cantando a «capella»,
mil recuerdos y añoranza.
doctorpoeta.
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