HABLEMOS DE PEDIATRIA. LA ADOLESCENCIA ME “MOLA

La semana pasada recibí en consulta a una chica, de quince años, acompañada de sus padres. Buscaban mi asesoramiento y conducta a seguir al haber aparecido, de manera solapada aunque progresiva, el enfriamiento de la relación de ella, hasta entonces normal, con su entorno familiar.
Planteé el acto médico en dos partes separadas; la primera, con la presencia de los tres miembros de la familia y la segunda, solamente, con ella. Los adolescentes consideran la salud como dependiente de “algo de fuera”, por lo que eluden tomar parte activa en la prevención y en el tratamiento de sus males orgánicos o psicológicos; o sea, en general “pasan” de estas situaciones. El papel de la familia es, pues, crucial, para acercar a los jóvenes al médico.
Comencé tomando buena nota, en su historia, de los datos de su comportamiento y estilo de vida: conductas alimenticias, relación con el entorno familiar y su comparación, con la ejercida en su entorno social y afectivo, progresión en los estudios, probable actividad sexual, afinidad hacia las actividades de riesgo, consumo de alcohol y otras sustancias adictivas, actividades creativas (música, literatura, pintura), prácticas deportivas, etc. Mi posición fue desenfadada y cordial, con objeto de ganarme la confianza, para que la segunda parte del interrogatorio, solos los dos, fuera cercana y eficaz, procurando exteriorizar las circunstancias de su vida interior: imagen de sí misma, proyectos, deseos, angustias, inhibiciones, fobias, mitos, etc.
Evaluados los datos,, pretendo encasillar el caso y ver si se trata de un cuadro, puramente conductual, una etapa que mueve únicamente a preocupación, o, por el contrario, existe un comportamiento patológico que, tengamos que abordar desde el punto de vista terapéutico.
A estas edades son frecuentes y de distinta intensidad, los conflictos con la familia y la tendencia a darle mayor relevancia a las opiniones y comportamientos de los amigos; comienzan a observar su cuerpo, despertándoles actitudes narcisistas; el desarrollo de su inteligencia, les hace ser más reflexivos y sus opiniones más críticas, con rasgos de obstinación sin argumentos y tendencia a contradecir; sus cambios hormonales les lleva a la necesidad de amar, por lo que en estas etapas aparece, el llamado, primer amor; el grupo social, pasa de camaradería a pandilla, donde casi siempre, se idealiza al líder y los artistas de moda se tienen como figuras arquetipicas; en el ámbito familiar es frecuente que aparezca el mutismo, con bloqueo verbal y negativa a las confidencias utlizando como respuestas monosílabos, desmarcándose de desvelar intimidades y secretos.

En el caso que nos ocupa, tras la anamnesis pretendidamente exhaustiva, opté por solicitar una evaluación multidisciplinar, donde padres, médicos, profesores, psicólogos, amigos y allegados habrían aportado datos imprescindibles para llegar a un acertado diagnóstico en comparación con los parámetros de comportamiento, más genéricos, en estos grupos se edad. Estableceré si existe situacion de riesgo, en cuyo caso se optará por la profilaxis; si se confirma un verdadero deterioro de la personalidad, susceptible de terapia o, si no pasa de ser una simple variante de la normalidad, temperamental o del carácter. Esta última posibilidad es la que, intuyo, más cercana a mi conclusión. En todo caso y hasta elaborar la estrategia de actuación tras un meticuloso análisis de resultados y determinar la envergadura clínica, comencé por aleccionar a esta preciosa chica para que, tenga muy claro que, no todo, se puede solucionar por ella misma y que, no debe “tragarse” la negativa de ser ayudada. Sus frecuentes posturas radicales, se podrían suavizar con un diálogo ameno y razonado tendente al convencimiento de que, su reacción, no le llevaría a ningún lado. Indiqué a sus padres que, si apareciera agresividad, hay que ignorarla en ese momento y ya, en calma, se le haría una llamada a la recapacitación. En mi opinion y, así aconsejé, la casa familiar debe estar siempre abierta a la pandilla; por momentos, aparcar la función de padres y ejercer de colegas, en el trato y en la conversación. El buen ejemplo de los padres, organizando actividades en las que participen todos, podría ser decisivo.

doctorpoeta

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