¡Vaya pinta que presento, cuando
a funeral pasado, paliducho e inaudito,
avanzo moviendo el rabo,
con boina, un suéter, de «fosforito»,
y pantalones a cuadros!
A las colas de lo ignoto
llego un tanto mosqueado
y por cosas de la bulla,
ahora llevo un cuerno roto;
se compensan mis defensas,
porque el otro, bien plantado,
contra el «morro» de un melenas
se abalanza con bravura,
endosándole un puntazo;
en sedal, una cornada
y en la cara, un rasponazo.
Tras la reja, que achicharra,
el diablo, ojo guiñado,
me sonríe, muy socarrón,
tras haber parado un rato
a comerse un buen morrón,
de arrimar leña a la hoguera
de un distinguido matón,
que está ya supertostado.
Seleccionado, me creo
y hacia la reja me acerco;
una “dama” deprimente,
de indecencia presumiendo,
me dirige un “mal de ojo”;
mira al suelo
y, arrojándome veneno,
alza la mirada al frente
para “largarme” a la cara,
punteando con el dedo:
¡Vete al Cielo, que eres bueno,
y los fachas no se queman;
quieres colarte el primero
para asarte en la caldera,
por alcurnia y privilegio
y hacerte pasar por malo;
¡joder, que me entra la diarrea
y en tus «muelas», yo me cago!
Pensando en salir corriendo,
decidí, con más criterio,
acercarme al Purgatorio,
que hay un censo para abuelos
y hecho a pasarlo mal,
puede ser mi gran momento.
Para la ficha de entrada,
en un solemne apartado,
de mi muerte hube de hablar:
fue cristiana y natural;
la verdad que un poco rara,
tras haberme vacunado
y de varias eutanasias,
de las que logré escapar.
¿Tendré el pase para el Cielo?
Depende del capataz.
Puede que, revelador,
haya sido mi relato
que, pudiendo ser real,
tiene, de ficticio, un rato,
aunque dado a interpretar.
doctorpoeta
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