Sufre un niño,
llanto intenso,
fiebre alta.
¡De repente, ha vomitado!;
dan las tres de la mañana.
Y su llanto ¿qué reclama?.
¿Qué le pasa, pues no mama?
¡Nada quiere su mirada,
nada, su boca cerrada,
nada, nada, nada, nada…
ni un arrullo, ni el chupete,
ni que le canten su nana!.
Me presta el saber, Apolo
y Panacea, su tisana;
con el lucero del alba,
tiene, más fresca la cara.
¡Vuestro hijo, se ha callado
y, en los pechos, ya se agarra!…
Un eructo, en tu regazo,
me aleja, ya de la sala.
Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros

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