
HABLAR, en sentido estricto y referido al trabajo parlamentario, debe ser la forma de expresión oral que lleve impronta, primero, de inteligencia y un adecuado nivel cultural de los oradores; después, de urbanidad, cordialidad, sentimientos, respeto y consideración hacia los votantes, hacia la propia Institución Legislativa y hacia ellos mismos; en definitiva, de respetar el espíritu del Parlamentarismo.
En la discusión comunicativa no debe caber el tono agrio en el debate o el talante de disputa; es primordial la argumentación razonada y la voluntad inquebrantable, entre las partes, de saber escuchar, hecho más transcendental para la opinión que las miradas de reojo y la argucia, para ver quién engaña a quién.
Es perverso el “debate” en el que, cada oponente, se esfuerza, o se excita, para demoler los argumentos del contrario, ridiculizando sus conclusiones: son oponentes, en toda regla, (cuando deberían debatir como ponentes) con frecuentes ausencias de la razón al montarse asechanzas de trilero o de vocero: Falta comunicación y sobra visceralidad.
No se trata de justificar con patrañas una opción ni de aniquilar al interlocutor; debe haber disposición a aceptar, cada uno, su propia responsabilidad y deseo de cambio de opinión, con el objetivo de deshacer el nudo del problema.
Escuchando, alguna que otra sesión, resulta imposible pedir peras al olmo para enaltecer esta pobre democracia, administrada por intransigentes, siendo la sociedad la más perjudicada porque quieren ser «listillos» para el interés de ellos mismos. Hasta ahora, desde su ilusionante instauración, exceptuando momentos de elocuencia argumental y consensos beneficiosos, en general, no ha proporcionado más que decepción y tristeza, sobre todo en las últimas legislaturas, donde el «apaño» se utiliza, sin rubor, como «fuerza motriz» del aparato: PARTITOCRACIA pura y dura. ¡Pesar!
doctorpoeta