
EL ABUELO (JESUS EL NAZARENO): LA SUBLIME MEDICINA
Ritual en carrera inexorable:
un redoble de tambor marca
el suplicio
y, a los toques «a rebato” de cornetas,
se unen ¡vivas!
y el clamor de una saeta.
Tras tu huella, Jesús mío,
tu carga alivian
cirineos de hinojos promitentes
con grilletes que laceran los tobillos
y punzadas, cuando el hombro
se resiente.
A la media luz de Luna
pasan sombras, que desfilan,
y en el muro, se reflejan;
el espectro y su porfía,
cruel escena en claroscuro,
penitencia representan:
el perfil de un Nazareno,
por tanto anhelo, su agonía
y el derroche de entereza
de Simón el Cirineo;
capirotes de cera que avanzan
y rezan
paseando los tronos, mecidos
con fuerza,
con aroma de rosas que sangran
abiertas
y el chirrido a grillete, cerrado
a conciencia.
Que tu Cruz y sus cruces,
en avance indeleble,
a los pies del Calvario,
por el suelo empedrado,
se han caído tres veces.
Las rodillas no sienten;
los esguinces y edemas,
se hinchan inertes.
Y en los brazos cansados,
gime un niño inocente,
de cabeza pelada
por la quimio reciente;
dormitando, delira
y febril, se estremece.
¡Nudo y llanto suplican,
con fervor de su madre
que, sus lágrimas, vierte
al reguero de Sangre!.
Una gota salpica
y refresca su frente;
el zagal despereza y su sien se refresca,
sin pesar y sin fiebre.
Y por fin, ha logrado
que se aparte la gente:
tiene sed y precisa beber en tu Fuente.
Aunque se haya topado
con tu Frente doliente,
mira un Ojo guiñado
y su ánimo crece.
Su mirada hacia el Cielo,
con su madre abrazado,
entre besos, la baja
y al oído le asiente:
¡Quiero encenderle una vela,
quiero mirarle la Cara,
porque, el peso de mi Cruz,
se lo ha cargado El Abuelo!
doctorpoeta
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