Aparecen como consecuencia de una reacción compulsiva que, en mayor o menor grado, altera la relación de la pareja; en general, los celosos son personas cuyo rasgo psicológico, en su origen y que nunca falta, es la reacción a un complejo de inferioridad.
El celoso es un espía de la otra parte; se esconde para ver sus movimientos; cronometra el rato hasta que está fuera; querría vivir, en la época feudal, para utilizar el cinturón de castidad y, sin reparo, la encerraría, en el castillo, en una mazmorra con siete llaves. Es ruin, porque quiere imponer su dominio sobre un corazón desgarrado; en muchas ocasiones trama, en silencio, la agresión y no pocas veces consuma el crimen pasional.
La celosa también se comporta como una auténtica espía: rebusca en los bolsillos y cajones de su compañero; llama a su lugar de trabajo para ver si está; le controla el dinero de la cartera; le requisa la correspondencia, busca y rebusca los mensajes en las redes y siempre se imagina lo peor; la convivencia se hace imposible.
La cantinela al uso es “me voy a matar y a ti también”, amenaza que, en pocas ocasiones, llega a consumarse.
La consecuencia de los celos, infundados (casi siempre) o no, sería la misma: la destrucción de la intimidad, la eliminación de la libertad interior y por ende, de la felicidad. Lo que pudiera parecer un exceso de amor no es más que una ostentación de abuso, de coartación tirana de la libertad muy cercana a las respuestas de odio.
Los celosos-as no son fuertes sino, por el contrario, sumamente débiles; lo reconoce su subconsciente y de esta manera, se elabora su complejo.
Podrían tener solución aplicando estrategias de salud mental, pero raramente se recurre a ellas porque., su propia disfunción psicológica, les hace rechazar la realidad de su situación; se creen sanos.
doctorpoeta
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