Pienso en cómo puedo buscar lealtad para conmigo mismo y para todo aquél que, aunque de soslayo, pueda sentirse aludido-a.

Busco lealtad para mi alma
en la lluvia de estrellas
y sus gotas que alumbran
el silencio de los besos;

en la belleza de la flor,
que arroja su pasión
por el marchitar ineludible;

en las selvas y campiñas
donde el oído titubea,
con los trinos y rugidos;

en los cuentos y los sueños,
de suave trama,
auspiciada en lo ficticio,
en lo improbable y, a su vez,
en lo imposible;

en la fiebre de un pequeño
y en la mirada implorante
de sus ojos plomizos;

en la gesta inacabada
de dos vidas,
enlazadas por anillos
y llevadas por las arras,
ilusiones y preceptos;

en el creciente resplandor
de tres luceros fulgurantes,
que se encendieron a besos;

en los valles y montañas,
de brisa perecedera;

en los mares de placer,
de aventuras y de mitos
y horizonte inalcanzable;

en el sórdido sufrir
por el drama interminable
donde hambre, frío y llanto
son guión horripilante;

en lo sacro, sin querer sobrepasar
mi potencial abarcable;

en la agenda cotidiana
que transcribe mi dietario,
donde el simplismo,
melodía relajante,
intentará silenciar la locura
y estridencia
de la prisa y el insomnio.

Antonio C Rodríguez Armenteros.