
Creí haber vertido ya todos mi puntos de vista sobre la eutanasia y sobre el pábulo que se le da en medios de comunicación, para sensibilizar, en mi opinión, de manera perversa por desvirtuada, de la sociedad. Es denigrante remover conciencias utilizando, airadamente, el sufrimiento extremo para hacer apología de la «angustiosa» necesidad de una imposición.
Fortuitamente, desayunando con mi hijo, en una cafetería, he vuelto a “degustar” una retransmisión, cara al público, que no tengo más remedio que catalogarla, desde mi convicción ética, de imperiosamente rebatible. Imagino que la mayoría de mis lectores han podido intuir a qué representaciones me refiero. Seguro que, no habrían tenido cabida, en esa difusión, las escenas del DULCE DESENLACE QUE TUVO MI PADRE en una situación mucho más terminal que los tristemente finados, usuarios de este punto y final y cuyo estado clínico al límite, sitúa, creo que en fuera de juego, su decisión.
Permitidme que lance al aire una pregunta, con el ánimo de que me sea contestada:
Muchas de estas personas en su exhausto sufrimiento, ¿qué “pintan” (como dicen en mi pueblo) confinadas en sus domicilios, sospechosamente lúgubres (desde el punto de vista emocional, asistencial y ambiental), en una situación clínica y mental, muy deterioradas, al inoperante, aunque pudiera ser entrañable y esforzado, cuidado, llevado a cabo por personas, en general, con capacidad limitada para prestar una adecuada asistencia?
Ratifico mi seguridad de que, con la alternativa hospitalaria de asistencia a pacientes terminales, bien dotada y protocolizada, se actuaría sobre la dignidad y vulnerabilidad de estos pacientes, eludiendo la «facilona» y exclusiva propuesta de la EUTANASIA, cuya ley, en mi opinión, no es más que una respuesta demagógica a otro fracaso social
Perdón, por mi reiteración, pero lo considero una obligación.
Un fuerte abrazo