Invoco tu nombre, no para que suene en vano;
también coloco, junto al alma, tu eminencia
cuando aguantan mis oídos tus campanas,
cuando el día, que has hecho tuyo,
ilumina, otro alba, tras de la abierta ventana.
Agradecido, a la luz, que me despierta,
salgo, contento, a disfrutar del día florido,
degustando la dulzura moscatel,
si, al fin, corrijo la amargura del castigo
empapado en el esperma que me mancha,
y enfrentado, en guerra aviesa, sin cuartel.
doctorpoeta
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