Sobrevivo, casi adaptado a un mundo incierto y cambiante, con una voluntad quebradiza y voluble, presa de la duda y del poder hipnotizante de lo incomprensible. Mis recuerdos brotan efímeros como flores en un temprano y engañoso deshielo, para pronto desaparecer en el viento helado del olvido. Mis ojos sólo captan fragmentos de la realidad, mientras el vasto mundo simula más allá de lo imaginable. Mis oídos buscan el latido del universo, pero sólo perciben el susurro del viento diciendo mentiras en idiomas vehiculares. Mis pensamientos y emociones se desvanecen en esta blancura infinita, donde se hielan mis huesos.

Y así, debilitado y reducido, me canso de buscar un camino, una dirección, una razón cierta y definitiva para seguir adelante. Quienes se aferran a la vida fracasan en el intento de darme una lección con el fatalismo de su terca lucha por existir, señalándome con el dedo, acusándome de inconsistencia volitiva. Tienen contra mí, que no hubiera comenzado a luchar lo suficiente para mantenerme en pie, para evitar el marasmo. ¿Tuve base para suponer que debería haber sido así y que mi actitud huyó a la deserción? ¿Podría haber escuchado alguna voz capaz de convencerme de que la dignidad es efluvio de la lucha por conseguir lo que no es negado? A medida que avanzo en esta pesadilla, mis preguntas se convierten en escarcha que se derrite y se desvanece. Pero camino; avanzo, lento, como el buey almizclero que desafía la tormenta derribándola a cornadas, mientras mis pensamientos, tan lentos como perseverantes, se sumergen en sí mismos tratando de descifrar mi exacta ubicación en el misterio de mi planteamiento.

doctorpoeta

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